Fue en el Santiago Bernabéu donde aprendí que el silencio de las multitudes es sólido, consistente. En esos partidos tediosos en los que el equipo jugaba como un grupo de funcionarios, el silencio se metía en la sangre y castigaba como un grito. Como si la gente entendiera que le estábamos arruinando un buen plan: el fútbol se inventó para liberarnos del sufrimiento y de la rutina de la semana, no para agregar aburrimiento y estrés. El estadio, como siempre, es un buen termómetro social.