Fue una de las veladas más autodestructivas de la historia reciente de Riazor. Y eso que el equipo estaba en Primera División, no en Primera RFEF, donde estuvo instalado hasta hace poco. Pero aquel 9 de febrero de 2013 algo se rompió y costó mucho volver a recomponerlo. Un Deportivo-Granada que empezó como un carnaval y acabó en funeral, con gritos de dimisión, cargas policiales y planes alternativos de salida del estadio para unos jugadores sitiados. Un ambiente inimaginable en un Riazor siempre familiar.
El Deportivo, ya en concurso de acreedores, llegaba a ese duelo con Domingos Paciencia en el banquillo y después de multitud de arañazos en los meses previos en forma de malos resultados y, sobre todo, de inconsistencia de un proyecto que huía hacia adelante. Había comenzado la temporada pasada José Luis Oltra, pero había sido despido en Navidad. Lendoiro, apoyado en Jorge Mendes, apostó por el reconocido Domingos Paciencia. El equipo, plagado de jugadores portugueses, venía de llevarse un buen revolcón ante el Getafe. Nada fue a mejor ante el Granada.
Sin ni siquiera marcar el Granada, ya afloraron los pitos en la primera parte. Todo estaba a flor de piel. Pudo marcar Riki, se le fue por nada. Antes del descanso, un desgraciado gol de Marchena en propia puerta adelantaba a los andaluces. Ighalo hacía el 0-2 en el minuto 50 y Sequeira el 0-3 con un penalti que solo existió en la mente del colegiado. Manuel Pablo fue expulsado por protestar la jugada. Para entonces Riazor ya había prendido.
Cánticos desde el fondo que pedían la dimisión de Lendoiro por primera vez en 25 años, más voces pidiendo "más coruñeses y menos portugueses" y contra los jugadores. La pañolada final le puso la rúbrica, pero no se quedaría ahí.
"Si mi salida es la solución, me pongo a disposición del club", dijo Domingos Paciencia en sala de prensa. Esa noche cogió su coche camino de Matosinhos y nunca más se le vio por A Coruña. En los aledaños de Riazor se arremolinaron algunos seguidores y hubo cargas policiales. Más de uno, incluidos los jugadores, tuvieron que buscar vías alternativas de salida del estadio para evitar lo que les esperaba fuera.
Lendoiro descolgó en las horas siguientes el teléfono rojo y al otro lado estaba Fernando Vázquez, quien inauguraría entonces su faceta de resucitador y salvavidas del Deportivo en sus peores momentos. El equipo resurgió, no lo suficiente para salvarse. En Segunda, siguió el de Castrofeito y poco a poco el club, aunque casi desaparece en verano por las denuncias en AFE, fue reviviendo deportivamente. Meses después, Tino Fernández relevaría a Augusto César Lendoiro en la presidencia. Eso sí, todo se terminó de quebrar aquel de 9 de febrero de 2013 que empezó con disfraces en las gradas y que acabó en un desfile de cadáveres.